Entrevista a Lluís Toledano Gaju
Toñi Moriana · Fundación Don Bosco
Lluís Toledano Gaju lleva más de tres décadas demostrando que la acción social no solo necesita recursos, sino también alma. Educador, pedagogo, supervisor de equipos y coach, Toledano se define como un facilitador de procesos. Su trabajo no consiste en dar recetas mágicas, sino en algo mucho más humano: sostener a los equipos y al voluntariado, y transformar los lugares de intervención en auténticos “espacios transformadores”. Entornos seguros donde el sufrimiento se transforma en aprendizaje, donde la diversidad suma y donde la motivación no se agota, sino que se regenera colectivamente. Hablamos con él sobre el poder del coaching social, de estrategias compartidas que suman y nos permiten construir, ser más fuertes y tener más capacidad de transformar y llegar más lejos.
Si el autoconocimiento es una oportunidad para mirarnos por dentro y afrontar nuestros miedos, para quien tiene una historia de dificultades, ¿cómo construir ese espacio seguro que le permita avanzar sin sentir desprotección?
Ante situaciones de dificultad y conflicto cobra más sentido que nunca la necesidad de saber dónde estamos y quiénes somos. El reto de autoconocernos, saber por qué actuamos de determinada manera, intuir por qué ante circunstancias de diferente índole reaccionamos de una forma u otra, nos brinda la posibilidad de saber más de quienes somos, de nuestra manera de estar y vivir nuestra vida. Esta posibilidad en la medida que se convierte en un espacio de diálogo con nosotros mismos se transforma en oportunidades de crecimiento, desarrollo y seguridad. Es justo ahí, en esos momentos de encuentro personal y descubrimiento, donde la persona tiene que sentirse acompañada, segura y protegida. El coach, en su rol de acompañamiento y asesoramiento, ayuda a abrir esos canales de diálogo y reflexión de la persona a la que acompaña, construyendo y garantizando un espacio de relación genuino, sincero y respetuoso con el proceso que se va a iniciar.
Mencionas que el proceso busca la toma de conciencia y la aceptación ¿Cómo hacer para que la juventud acepte el punto de partida sin que eso signifique resignarse o tirar la toalla?
El primer requisito para iniciar un proceso de coaching lo situaría en la inquietud, interés, curiosidad y/o necesidad que tenga cada joven para saber sobre sí, lo que le pasa, por qué hay tal o cual dificultad, resistencia, ante determinadas situaciones que vive. Eso nos lleva a hablar de responsabilidad. Cada joven es y tiene que saberse responsable del proceso que va a iniciar. Entre otras cosas, porque nadie más que cada quién es responsable de su vida. Cuando en un joven se intuye esa curiosidad, esas ganas de saber de sí, de entender determinadas cosas que le han sucedido y que conforman parte de su historia de vida, se dan las condiciones óptimas para iniciar un proceso de coaching. Sin ellas no tiene sentido. Esa predisposición es un buen punto de partida para empezar el trabajo de autoconocimiento y comprensión de todo aquello que le inquieta, ocupa y posiblemente le angustia. Y a la vez, un buen antídoto para enfrentarse a la resignación y a la pasividad que haya podido mostrar en otros momentos.
Sostienes firmemente que los retos y acciones de mejora deben surgir a partir del propio joven. ¿Cómo no caer en la tentación de decirles lo que “tendrían” que hacer?
Es que, si no es así, si no partimos del propio joven no hay muchas posibilidades de éxito. Esa tiene que ser la condición necesaria para que sea protagonista de su propio proceso y que se haga responsable de sus propias acciones y decisiones. Es cierto que, en nuestro afán de ayudar y acompañar a la juventud en su proceso educativo, a veces nos cuesta dar los tiempos necesarios que todo proceso requiere. Nos impacientamos, queremos correr con el interés legítimo de decirles aquello que les hará bien, o simplemente aquello que a nosotros en algún momento dado nos ha ayudado, pero no tenemos que olvidar que los procesos de por sí, necesitan sus tiempos, sus momentos y sus pausas. En determinados momentos, tenemos que ofrecerles y “prestarles” nuestra conciencia, nuestra capacidad reflexiva, nuestra manera de ver el mundo, pero solo para que les sirva de punto de anclaje y catapulta. Desde nuestro rol educativo, somos modelos y referentes, pero no debemos confundir eso con decirles aquello que tienen que hacer y ser. Es cada persona la que en su proceso de autoconocimiento y búsqueda de aquello que para sí misma tiene sentido, y desde donde sí hay que acompañarle, tiene que encontrar las acciones y propósitos que le motivarán a lograr sus metas y objetivos.
En este proceso emergen capacidades dormidas. ¿Podrías compartir algún ejemplo?
Todo ser humano tiene la capacidad innata para crecer, desarrollarse y realizarse hacia la máxima plenitud. Si partimos de esa premisa, toda persona tiene la capacidad, la energía y la curiosidad que la impulsa en esa dirección. Muchas veces nuestros jóvenes tienen historias de vida complejas, y han crecido en entornos vitales y significativos donde las ausencias y las carencias afectivas, personales y sociales han estado muy presentes. Y, justamente, esas realidades no les permiten ver más allá del presente en el cual viven o simplemente sobreviven.
El coaching persigue crear un espacio sereno donde mediante la reflexión, las preguntas y el diálogo —también con uno mismo— se vaya indagando sobre aquello que le inquieta, sobre aquellas cosas que no le dejan ver con claridad, o sobre aquel malestar del cual no sabe o no puede ponerle nombre. Este proceso que pretende estimular la curiosidad permite, paulatinamente, ir conectando con aquello que le mueve por dentro y le hace vibrar, sentir y, en definitiva, accionarse. Y es en ese proceso también donde van apareciendo esas “capacidades dormidas”, esas potencialidades y habilidades, esas fuerzas ignoradas hasta ese momento, con las que se identifica y conecta.
En una sociedad que tiende a etiquetar a las personas jóvenes que acompañamos por sus carencias, ¿cómo ayuda el coaching a cambiar el foco y se miren desde su autenticidad y su valor?
En la medida que van descubriendo sus capacidades, su fuerza, aquello que les mueve e impulsa, aquello por lo que cobra sentido vivir con una relativa felicidad y sentido, es lo que les permite sentirse bien en su propia piel, y es a partir de entonces cuando emerge la seguridad, la serenidad y la firmeza de la que carecían. El foco ya no lo ponen —y no lo sienten—, en aquello que no tienen o no pueden ser, sino en aquello que han descubierto y están alcanzando. Ese trabajo personal y ese mirarse para adentro les ha brindado la valentía de tomar conciencia del sentido de su vida e ilusionarse con él.
El valor del coaching lo encontramos, en primer lugar, en la importancia de la toma de conciencia y la asunción de responsabilidad personal por parte del joven, lo que le da un mayor conocimiento y comprensión de todo aquello a lo que se está enfrentando, y lo que le permite abordar los cambios, activarse y sentirse protagonista de los procesos y primeros pasos iniciados.
En segundo lugar, en la oportunidad de dar espacio a la emoción, la vivencia, la intuición y el sentirse, para conectar con lo más íntimo, genuino y verdadero de cada joven.
Todo eso va cambiando la mirada de uno mismo y de todos aquellos que hasta ese momento los ignoraban.
En los proyectos sociales, los cambios reales son lentos y los resultados no siempre acompañan al esfuerzo invertido. ¿Cómo se acompaña a un equipo para que la frustración no se transforme en resignación o apatía?
Los equipos son el núcleo propulsor de los proyectos socioeducativos que llevan a cabo las administraciones públicas y las entidades del tercer sector social. Los equipos socioeducativos en el marco de su práctica profesional acumulan con el tiempo desgaste, dudas e inseguridades en relación con su tarea, lo que conlleva muchas veces frustración, expectativas no cumplidas y cansancio. Esta realidad, también presente en algunos momentos por los equipos de voluntariado de las organizaciones, requiere ser atendida, para poder acoger a tiempo ese malestar y esa necesidad de disponer de un espacio de escucha y cuidados.
Desde el punto de vista educativo y psicosocial, la práctica de la supervisión, llevada a cabo por un supervisor externo, permite justamente eso: cuidar los equipos, acompañarlos en la reflexión de su práctica profesional y generar así espacios de construcción, autocuidado y mejora de las competencias de nuestra práctica y ejercicio profesional. Y todo ello, favoreciendo que dichos espacios posibiliten el diálogo y la reflexión también desde la dimensión emocional, y así poder atender y atendernos como equipo y profesionales en nuestra vivencia del rol.
Más allá de la esfera individual o de equipos, ¿cuál sería a tu entender el valor y la aportación del coaching en un mundo complejo como el actual?
En una época marcada por el miedo, la desconfianza entre unos y otros y la fuerza y dominio del que más tiene, aquello que aporta el coaching: valores, diálogo interno, reflexión, autoconocimiento, toma de conciencia y responsabilidad, puede parecer, hasta y según como, ingenuo y fuera de lugar.
Pero desde una mirada filosófica, existencial y actitudinal, el valor del coaching también lo hallamos en la necesidad de trascender a la búsqueda del sentido vital, para aportar a la construcción de un mundo mejor, más certero, humano y solidario. Y así contribuir para su transformación, mediante los pequeños y grandes cambios y avances que se dan en los procesos personales, grupales, organizacionales y colectivos.
Sin duda y bajo mi punto de vista, esta es la apuesta más valiente y transformadora que el coaching puede adoptar en su contribución para trabajar para un mundo más respetuoso, responsable y humano.
Para cerrar, Lluís: hablas de descubrir aquello que “conecta y activa al joven con sus intereses, necesidades y deseos más internos”. En una era llena de ruidos, pantallas y presiones externas, ¿cuál es la clave para que la juventud baje las defensas y conecte con su propio silencio para escuchar lo que de verdad desea?
No hay recetas ni grandes claves para conseguir todo eso. El secreto quizá está justamente en el enunciado de la pregunta, descubrir aquello que conecta y activa al joven con sus intereses, necesidades y deseos más internos. Y a la vez, ese es el misterio —y la magia— que esconde todo proceso personal de introspección y mirada para adentro. En la medida que como adultos, modelos y referentes en nuestro rol educador o de voluntariado, favorecemos y motivamos esos “encuentros personales”, estamos facilitando esa conexión con aquello que les mueve y motiva, con sus anhelos más sinceros y también con aquello que no quieren ser. Y será a partir de ese conocimiento o de esa intuición, cuando podremos acompañar en sus inquietudes, deseos, expectativas y frustraciones.
Antes decíamos que los procesos requieren sus tiempos y sus momentos, y más si nos referimos a procesos personales, de autoconocimiento y de reflexión. Por eso en nuestro trabajo con jóvenes, es de vital importancia la creación de vínculo y de una red de relaciones que les permitan sentir que alguien está ahí, que alguien le acompaña y le atiende, y siempre le va a esperar, para si cabe, volver a empezar.